Cuenta la leyenda que la villa de Montblanc vivía atemorizada por un dragón feroz que, movido por un hambre insaciable, se acercaba cada vez más a sus murallas en busca de alimento. Al principio, los habitantes le ofrecieron ovejas; cuando estas dejaron de ser suficientes, le dieron bueyes; después, caballos. Pero cuando ni siquiera eso logró saciar a la bestia, comprendieron, llenos de horror, que tendrían que sacrificar vidas humanas. Para decidir quién sería la próxima víctima, hicieron un sorteo en el que incluyeron los nombres de todos los habitantes, incluso el del rey y su familia. Los papeles se introdujeron en una olla, y una mano inocente extrajo el nombre elegido: la princesa. A pesar del dolor y las lágrimas de su padre, el rey, la joven se dirigió con valentía hacia su destino. Justo cuando el dragón estaba a punto de devorarla, apareció un caballero ...